"Historia y república", columna del profesor Rafael Sagredo

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Destacamos la columna de opinión “Historia y república”, publicada recientemente  en Ciper por nuestro profesor de Historia UC, Rafael Sagredo, basada en el texto “República mortal. Cómo cayó Roma en la tiranía” de Edward Watts.

Los intensos días que vive Chile desde el 18/O resuenan en la lectura que el historiador Rafael Sagredo Baeza hace del libro República mortal. Cómo cayó Roma en la tiranía de Edward Watts.  Fortunas inconmensurables, amplios grupos sumidos en la pobreza y la incertidumbre, y un sistema político que no garantiza ni la vida ni los bienes, son el trasfondo del desplome de Roma. ¿Qué lecciones sacar para Chile? “Ninguna república es eterna” escribe Watts “solo perdura mientras la desean sus ciudadanos”.

Reproducimos el artículo completo a continuación.

La Historia fomenta y educa el pensamiento crítico y la capacidad de análisis; también las habilidades que permiten distinguir entre diferentes alternativas y realidades, contribuyendo así a la formación ciudadana. Todas ellas son destrezas valiosas para tener un desempeño consciente y libre en medio de las numerosas y heterogéneas posibilidades de acción y comportamiento existentes. Por lo dicho es que resulta estimulante la lectura del ensayo del historiador y académico de la Universidad de California Edward J. Watts, República mortal. Cómo cayó Roma en la tiranía (2019).

Consciente del papel de la Historia en la sociedad, en la nuestra depreciado por medidas que limitan su contribución a la educación, Watts es muy consciente del valor de la Historia y advierte sobre lo que considera un “presente imprevisible”. Sosteniendo que “los éxitos y los fracasos de la República romana pueden mostrar de qué forma podrían reaccionar las repúblicas construidas a partir de su modelo ante tensiones concretas”. Identificando “los comportamientos políticos especialmente corrosivos para la salud de una república a largo plazo”.

Un propósito que muestra el valor social de la Historia, en particular, si como concluye el autor, a propósito del asesinato de César y la violencia que le siguió: “Quizá por primera vez, Bruto entendió que la libertad no puede existir sin seguridad”.

Una lección para todos los tiempos. A la que debemos sumar otras como lo son la de los desastrosos efectos de la corrupción de los grupos dirigentes y la postergación de los intereses comunes en favor de los particulares. Para no hablar de las perniciosas consecuencias de la acción de los líderes que, amparados en “buenas” y populares causas, “seducen” para sus fines limitados, personales y mezquinos, a un pueblo ansioso de mejores condiciones de vida.

Watts explica por qué Roma cambió la libertad de la autonomía política por la seguridad que en su momento se le atribuyó a la autocracia y, así, con su historia contribuye a hacer consciente para los ciudadanos modernos la naturaleza de las repúblicas y las consecuencias de su fracaso. Siempre teniendo presente que “ninguna república es eterna”, y que “solo perdura mientras la desean sus ciudadanos”. Los que por lo demás, y la historia lo ilustra, “cuando la república no cumple las expectativas, pueden escoger la estabilidad de un gobierno autocrático por encima del caos de una república rota”.

La clave de su éxito estuvo en que la República ofreció una estructura institucional que encauzó las energías individuales en beneficio de la comunidad. Incluso, sostiene Watts, los nobles “estaban de acuerdo en que la virtud residía en servir a Roma y el deshonor en colocar los intereses privados por delante de los de la República”.

Los problemas comenzaron cuando “dirigentes cínicos” hicieron mal uso de los mecanismos de construcción de consensos para obstaculizar las funciones de la República. Y se agudizaron cuando las discusiones políticas desbordaron los entornos controlados de las asambleas representativas y degeneraron en enfrentamientos violentos entre la gente de la calle.

Una serie de asesinatos políticos que sacudieron Roma en las décadas de 120 y 130 a.C., reflejaron que la violencia de masas había infectado las instituciones de la República, hecho que llevó a que una generación después del primer asesinato, los políticos romanos empezaran a armar a sus partidarios y amenazaran con el uso de la violencia para influir en las votaciones de las asambleas y las elecciones de magistrados. Luego vendría la guerra civil y finalmente la autocracia encarnada por Augusto.

Los triunfos militares y las conquistas romanas cambiaron a la República. La nueva realidad económica, que generó grandes fortunas para unos cuantos, pero la frustración de los pobres y el miedo a perder el control por parte de la antigua clase dirigente crearon condiciones para el estallido de una reacción populista, pues muchos “no se contuvieron a la hora de explotar la inquietud resultante para alcanzar las más altas jerarquías”. El deliberativo sistema político de la República fue incapaz de mantener el control.

Fue el tribuno Tiberio Graco quien decidió que la reforma exigía trastocar las normas esenciales por las que se regía la República. Proponiendo el reparto de tierras a los ciudadanos pobres, frente a la oposición del Senado y de otros magistrados, alimentó las llamas del resentimiento popular contra el pequeño grupo de dirigentes que impedía que el Estado respondiera a las necesidades de los romanos corrientes.

Muy similar a lo que observamos en la actualidad con la heterogeneidad de expectativas, aspiraciones y demandas sociales, en el caso de la actuación de Tiberio, la volatilidad de sus seguidores explica Watts, “se transformó en un arma política poderosa, que podía dispararse en cualquier sitio, en cualquier momento y por razones impredecibles”. Además, aunque logró hacer aprobar sus reformas, el uso que hizo de la violencia como amenaza agudizó a sus opositores, encaminando el sistema político romano hacia una dirección “nueva e inquietante”.

En adelante, no estuvo claro “por qué reglas se regían las disputas políticas ni qué mecanismos seguía habiendo, si es que los había, para controlar el poder de las diversas instituciones”. Una situación peligrosa que tuvo un desenlace trágico cuando Tiberio fue asesinado, junto con dos o tres centenares de romanos. Ese día de 133 a.C., fue el momento en que la República cambió irreversiblemente. Considerado como “el primer brote de enfrentamiento civil en Roma”, reflejó una sociedad dividida en dos facciones en la cual “ya no había una República, sino el imperio de la fuerza y la violencia”. La que el 121 a.C. tuvo una nueva víctima con el asesinato de Cayo, hermano de Tiberio, y que también se presentó como un defensor de los débiles contra los poderosos. La violencia política había pasado de estar en los márgenes a ser una herramienta autorizada por el Senado. Desde entonces, la coacción y la intimidación se convirtieron en prácticas políticas, y “cualquier perturbación proporcionaba una excusa para una reacción desmesurada”, tanto de la élite como de la calle, ambas igualmente perturbadoras.

La tensión estalló el año 99 a.C., cuando una turba arrasó con el edificio del Senado, asesinó autoridades y continuó con sus ataques por toda la ciudad. Desde aquel día, se escribió entonces, “nadie tuvo ya ninguna esperanza de estar protegido por la libertad, la democracia, las leyes, los honores o los cargos, porque incluso los tribunos, tradicionalmente sagrados, habían participado y fallecido en actos horribles de violencia de masas”.

Los años 90 a.C. fueron una época de caos, en medio de problemas apremiantes, como el inmenso número de itálicos que no eran ciudadanos romanos, los que estuvieron tras la Guerra Social. El origen, la propuesta de expandir la ciudadanía a los aliados itálicos para evitar su revuelta, una medida que no fue aceptada por los ciudadanos romanos, pues la vieron como una capitulación. Pero, sobre todo, y otra experiencia que ofrece la historia para comprender las tensiones y resistencias que a lo largo del tiempo ha significado la ampliación de los derechos a otros en una comunidad, “porque habían aprendido a valorar el estatus y las ventajas que les daba su condición de ciudadanos y no querían que se diluyeran al extender sus derechos”.

Las luchas internas y las guerras contra los rebeldes itálicos se sucedieron desde el 90 a.C. y obligaron a ampliar la ciudadanía, pues sólo los ciudadanos podían combatir por Roma. Entonces llegaron los triunfos, pero también un héroe de las campañas, Lucio Cornelio Sila, con un talento innato para motivar y crear ejércitos leales a él. Un nuevo precedente había nacido, pues demostró que “los ejércitos de soldados estaban dispuestos a elegir la lealtad a su jefe por delante de la lealtad a la República si el jefe sabía inspirarles y las ventajas eran convenientes”, transformándose así en armas privadas a disposición de su líder.

Pervirtiendo las instituciones y costumbres Sila creó “un clima en el que hombres de grandes familias, con excelentes ejemplos entre sus antepasados, le ofrecieron su sumisión a cambio de dominar a otros romanos”. Como en otras oportunidades en la historia, el dictador “los incorporó deliberadamente para que fueran cómplices de sus culpas. Les otorgó honras públicas, los propuso para cargos públicos y los animó a beneficiarse de las propiedades confiscadas”.

Su muerte el 78 a.C., lejos de eliminar los vicios que había introducido, alimentó las expectativas de caudillos dotados de ejércitos privados; todo, mientras la cancelación de las ayudas económicas tensionó a los romanos. Asediados por la escasez de cereal del 75 a.C., y con tribunos incompetentes, los ciudadanos romanos respondieron “con la única arma de la que aun disponían. Salieron a la calle”. Las consecuencias, señala Watts, fueron protestas, estallidos espontáneos de frustración popular, aparentemente sin líderes, pero peligrosos, que terminaron en ataques de ciudadanos hambrientos.

Diversas contingencias en la década de los años 60 a.C., incluidas conspiraciones, mantuvieron a poderosos como Pompeyo y Craso, y elevaron a otros como César, un populista hábil que se fortalecería con los mandos y conquistas militares en la Galia. Formando el Primer Triunvirato el 50 a.C., los tres “iban a ser capaces de superar los mecanismos de control a los que la República pudiera someter sus actividades”.

La evolución de la República mostraba que antes de su fin sólo funcionaba cuando la supervisaba un sujeto poderoso. “El sistema republicano, concluye Watts resumiendo una crítica realidad, necesitaba la mano visible de un hombre fuerte para impedir que cayera en una crisis sin fin”.

Vendrían la guerra civil y la victoria de César basada en su carisma y su dinero, gracias a los que accedió a diversas magistraturas en la década del 40 a.C., controlando de hecho todos los cargos de la República como dictador. En esa condición, en marzo del 44 a.C. fue asesinado en nombre de la libertad.

El funeral público de César reflejó “que las masas ya no odiaban de manera instintiva la autocracia, siempre que el autócrata fuera benévolo y capaz de mantener el orden”. Y eso fue precisamente lo que ofreció Octaviano, más tarde el primer emperador con el nombre de Augusto. La República había muerto.

Watts afirma que para la historia de la caída de la República los acontecimientos concretos de esa época importan menos que el recorrido general. Así, adquieren sentido y relevancia sentencias como la de Cicerón, adversario de César, quien escribió, “todos somos esclavos de las leyes para poder ser libres”. Una máxima que en la Roma republicana cayó en desuso y explica su tragedia.

También Watts sostiene que “Augusto no era inevitable, en absoluto”. Pues, agrega, “una república no es un organismo. No tiene un límite de vida natural. Vive o muere exclusivamente en función de las decisiones de quienes están encargados de custodiarla”. Concluyendo que “cuando los ciudadanos dan por descontada la salud y la durabilidad de su república, esta corre peligro. Esto era así en el 133 a.C., el 82 a.C. y el 44 a.C., y sigue siéndolo hoy”.

La lectura de la República mortal refleja que en la antigüedad como en la actualidad, una República y sus formas de resolver las tensiones sociales, a veces lenta por la deliberación y negociación que implica, es algo que hay que valorar, proteger y respetar. Pues, si desaparece, a veces pausada e inadvertidamente, como la experiencia de Roma lo ejemplifica, lo que la sucede es la violencia y la autocracia.

El libo de Watts ejemplifica el valor de la Historia que explica, basada en evidencia, utilizando lo ocurrido como experiencia para abordar los desafíos y problemas de nuestra contemporaneidad. Es la Historia que sirve para hacernos menos vulnerables frente a las manipulaciones o las campañas destinadas a alterar la voluntad de la ciudadanía con, por ejemplo, noticias o historias falsas.

En el mundo que vivimos, de esperanza para muchos, pero de incertidumbre, incluso miedo, para otros, historias, como la del libro de Watts, resulta una contribución sustantiva. Por ejemplo, para comprender que cuando prevalece el bien común se moderan las expectativas y los temores, como para aprender que se fortalecen las posibilidades de una comunidad de vivir libremente.

Fuente periodística: Ciper