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Profesor Alfredo Riquelme en entrevista con La Tercera: “Chile cuenta con recursos que pueden frustrar los deseos de un aspirante a Bolsonaro”

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Alfredo Riquelme es jefe del Departamento de Historia Universal de la UC. Lo suyo son las investigaciones y  docencia de los fenómenos ideológicos y políticos contemporáneos, y desde esa vereda analiza el auge de la extrema derecha en el mundo y el fenómeno en Chile que tiene como rostro al exdiputado UDI, hoy líder de Acción Republicana, José Antonio Kast.

-La elección de Trump fue posible -entre otras cosas- por una degradación del debate público, que fue concientemente exacerbada por sus estrategas comunicacionales encabezados por Steve Bannon. Desde entonces, a escala global, la argumentación racional basada en evidencias ha continuado siendo desplazada por la vindicación de agravios y la representación destemplada de antagonismos favorecida por los algoritmos de las redes sociales e instalada también en las pautas de los medios de comunicación.

 

¿Por qué logran conexión con los ciudadanos los discursos de ultra derecha como el de Bolsonaro en Brasil y el de José Antonio Kast en Chile?
Creo que los casos de Chile y Brasil son muy diferentes. Aunque existe ese contexto global proclive a la emergencia de derechas radicales y populistas, o derechamente neofascistas, creo que nuestro país cuenta con recursos culturales, sociales y políticos que pueden frustrar los deseos de cualquier aspirante a Bolsonaro. Claro que ello requiere de que estos recursos se articulen de manera inteligente para frustrar la aplicación de la estrategia inspirada por Bannon. Esta es una gran responsabilidad que hoy cae sobre los hombros de actores políticos, comunicadores, profesores y formadores de opinión pública en general: defender y mejorar los procesos e instituciones de carácter democrático para frustrar el proceso de fascistización.


¿Se está ante un proceso de fascistización? ¿En qué se aprecia?

Cómo denominar el proceso sigue siendo un gran debate entre historiadores y entre politólogos. Un debate necesario e importante que continúa. Yo utilizo la palabra “fascistización” para aludir al carácter radicalmente incivil e iliberal -en lo político y en lo cultural- del fenómeno. Aunque particularmente en el caso de Bolsonaro esto se combina con un extremo neoliberalismo en lo económico que lo acerca al “fascismo de mercado” que caracterizó a la dictadura de Pinochet en Chile, por usar la expresión acuñada en su tiempo por el Premio Nobel de Economía, Paul Samuelson. En este sentido, digo “fascismo” también en el sentido que lo hacía la cultura antifascista de los años treinta, para la cual en aquel se articulaba la dimensión populista con un imaginario reaccionario y una conducción plutocrática que hace de las izquierdas y sus políticas de igualdad social y cambio cultural un enemigo principal.


¿Con qué situación histórica es comparable el escenario político actual?

Los historiadores somos muy cuidadosos con las analogías entre épocas diferentes. Sin embargo, es imposible no pensar en ellas. La situación mundial actual recuerda, desafortunadamente, a la de Europa hacia 1933, en el sentido de que el proceso de fascistización se ha impuesto en una potencia de alcance mundial y en una regional, entre otros países, en el marco del deterioro de la adhesión a las instituciones políticas democráticas y liberales, tras una crisis económica -entonces en 1929, ahora en 2008- y sus graves efectos sociales. Entonces como ahora observamos también la articulación entre lo populista, lo reaccionario y lo plutocrático, así como la extensión de retóricas de odio.


En su análisis como historiador, ¿cómo contribuyen los medios de comunicación al avance de la extrema derecha?

Los medios y los comunicadores deben estar conscientes de que está en marcha un proceso de degradación del debate público y de la calidad de la información. Y hacer lo que puedan para contribuir a revertirlo.


¿Cuál es la responsabilidad de la izquierda en este escenario? 

La responsabilidad no es sólo de la izquierda. Revertir la fascistización es una responsabilidad política transversal. Para comenzar, en Chile son los partidos de la derecha los primeros que deben clarificar su posición frente a este proceso. Históricamente, la fascistización ha tenido éxito cuando las derechas en su conjunto la han respaldado, y cuando sectores de centro le han brindado su aquiescencia. Así ocurrió en Alemania en 1933, en España en 1936 y en el propio Chile en 1973.

La responsabilidad de las izquierdas es aprender esas lecciones trágicas de la historia del siglo XX: los procesos de fascistización sólo pudieron ser revertidos con amplias alianzas y consensos en torno a las libertades y los derechos humanos, acompañados de proyectos de progreso democrático y social. En ninguna parte fueron revertidos agudizando las contradicciones ni con políticas de indignación o rabia. Al contrario, se requiere de una sabiduría política que comienza por no caer en las provocaciones ni responderlas de la manera tosca y previsible con la que los guionistas de la fascistizacion cuentan: aquella que exacerba los antagonismos.


¿Está en riesgo hoy la democracia?

En Chile no existe hoy ese riesgo; pero se ha puesto de nuevo “el huevo de la serpiente”. En este marco, hay que oponerse sin matices a toda banalización de la violencia asociada a una mirada deshumanizada sobre el adversario, característica de las visiones de lo político como una suerte de guerra entre “ellos” y “nosotros”, y a las prácticas o gestos que de ella se derivan, que fortalecen los procesos de fascistización.


Actitudes como las de Gabriel Boric, al reunirse con Ricardo Palma Salamanca o exhibir la polera de Jaime Guzmán asesinado ¿contribuyen a esa radicalización?

Pienso que todos los actores políticos deben estar muy alertas para no caer en provocaciones ni contribuir a la exacerbación de los antagonismos.


Ha existido este año cierta reivindicación del pinochetismo, ¿una ley contra el negacionismo frenaría esta corriente?

Creo que la reivindicación del pinochetismo es hoy un fenómeno afortunadamente muy acotado, que forma parte de cierta estrategia de la provocación para instalar seudoliderazgos de extrema derecha, en un espacio aún muy reducido ajeno a toda deliberación racional y basada en evidencias. Es de esperar que no logre extenderse y para ello me parece mucho más importante el conocimiento y la educación que la legislación penal.

Nadie puede negar que en 1973 los jefes militares tomaron el poder por la fuerza, instalando al Comandante en Jefe del Ejército a la cabeza del gobierno, el cual se ejerció durante casi 17 años bajo estados de excepción que suprimieron o restringieron severamente los derechos y libertades de la ciudadanía. Que las instituciones representativas de la República que descansaban sobre los principios de soberanía popular y pluralismo fueron suprimidas de modo brutal e inmediato, sustituyéndose el Congreso Nacional por una Junta Militar que se atribuyó facultades no sólo legislativas sino constituyentes. Que los partidos políticos fueron proscritos o puestos en receso, persiguiéndose con ilimitada crueldad –incluyendo la tortura y el exterminio de miles de prisioneros indefensos- a quienes intentaron reconstruirlos en la clandestinidad. Que las organizaciones de la sociedad civil fueron suprimidas o puestas bajo estrecho control, al igual que los medios de comunicación. Y que ara vigilar y castigar se creó una policía política militarizada –la DINA y luego la CNI- que ejecutó sus actividades por encima de toda legalidad y ética.

Todo ello es innegable. Lo que sigue y seguirá sujeto a controversia legítima es cómo y por qué ocurrió; cómo y por qué se prolongó por un período tan largo, y cuánto de lo entonces impuesto por la fuerza sigue pesando sobre la sociedad actual.


Sofía Correa ha dicho que si bien en la derecha hay una corriente radicalizada, el sector es más diverso que eso. ¿Es demasiado optimista?

De mis repuestas anteriores se puede desprender que coincido con ella. Por cierto que no toda la derecha está involucrada en el proceso de fascistización. Sin embargo hay signos preocupantes, como la aceptación del pinochetismo en el seno de la coalición de gobierno en nombre de la “diversidad” o la atracción fatal que parece ejercer Bolsonaro sobre algunos de sus liderazgos. También es preocupante la extensión de un discurso y de prácticas xenófobas y racistas de cara a la inmigración.



FUENTE: La Tercera, Autor: Ivonne Toro.