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Revista Universitaria presenta un completo análisis de la reforma, más allá de la toma del 67

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En el presente artículo, del profesor del Instituto de Historia Claudio Rolle, se desarrolla y analiza en profundidad el legado de este hito histórico. Este representa el símbolo de un proceso que duró varios años, y cuyos efectos pueden percibirse incluso en la Universidad Católica del presente. Y es que una parte muy importante de la estructura actual de la UC deriva de estas medidas, que la hicieron crecer, le dieron estabilidad y que se pusieron en marcha cuando el ideal de proyección estaba marcado por la imagen de una “universidad abierta y para todos”.

El espíritu de la Reforma Universitaria que comenzó a manifestarse en la Universidad Católica en agosto de 1967, sigue proyectándose de diversas formas hasta hoy. En 2017 se cumplen cincuenta años de la toma de Casa Central, el acontecimiento que se transformó en el símbolo de un proceso complejo, rico en matices y proyecciones y de una gestación más larga y gradual de lo que frecuentemente se señala.

Quisiera proponer como punto de partida una mirada al mundo contemporáneo, situando las raíces de este movimiento, que buscó cambiar la universidad, el país y el mundo, en el contexto de los acontecimientos globales ocurridos a fines de los años cincuenta y durante la década sucesiva. Fue un tiempo de desarrollo científico y tecnológico que presenció fenómenos como los inicios de la era espacial y un fuerte desarrollo de las comunicaciones, que incluyó la llegada de la televisión, que en Chile se convirtió en tarea de las casas de estudio, en cuanto espacios de investigación y experimentación, de función pública y de reconocimiento de una forma de autoridad. 

Así, casi una década antes de la Reforma Universitaria y de la reorientación de estas instituciones a la actividad de estudio y pesquisa, el Estado les confió la tarea de la investigación científica y la proyección social de la ciencia a la vida de la sociedad. Son señales de que, previo al estallido de la revuelta de 1967, se caminaba hacia un tipo de institución que superase la tarea de la mera formación de profesionales, se orientase a la generación de conocimiento, la realización de la investigación y a la atención de las necesidades de progreso duradero y profundo del país. Una nación que, en ese tiempo, vivía significativas expectativas de desarrollo político y social, que se fundaban en reformas como las vividas por el sistema electoral, que daban garantías a una democracia que aspiraba a crecer y hacerse más igualitaria y paritaria, al tiempo que aparecía en el escenario la imagen de la revolución como vía de cambio. 

El atractivo de la revolución había permeado amplios espacios y lenguajes, de modo tal que la Democracia Cristiana alcanzó la presidencia de la república apelando también a ella, pero distinguiéndola de la vertiente cubana y socialista. 

Sin embargo, donde resulta más importante y significativo buscar indicios que nos ayuden a entender el origen de este proceso de generación y nacimiento de una nueva forma de entender la universidad, es en la Iglesia Católica. A fines de los años cincuenta, el anciano Papa Juan XXIII, apenas elegido, planteó un desafío que cambiaría la relación del catolicismo con la modernidad. El Sumo Pontífice propuso abrir las ventanas para que entrase un viento nuevo, e inició un tipo de revolución en la Iglesia que, a partir del Concilio Vaticano II, se verá a sí misma como el pueblo de Dios. 

No debe sorprender que la revisión crítica de la vida universitaria naciese en las universidades católicas, en las que el viento del concilio y sus mandatos estaban soplando con fuerza. 

Años más tarde, el mensaje del sucesor de Juan XXIII, Paulo VI, actuó como un mandato en muchos católicos comprometidos con la traducción viva del Vaticano II, quienes se lanzaron a cambiar el mundo, tomando la ocasión de actuar en diversos campos para construir una nueva civilización. 

Con ese espíritu actuaron los jóvenes que impulsaron transformaciones, en una universidad que cambiaba, pero a un ritmo lento para sus aspiraciones, demasiado clerical en sus formas y en sus tiempos. Según la opinión de los estudiantes cercanos a la FEUC, y también de un grupo de académicos, la UC debía responder al llamado de Paulo VI de actuar promoviendo la justicia y la paz: atender al “llamado para una acción concreta en favor del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario de la humanidad”.

Profesores y estudiantes de la Universidad Católica pretendían que su institución cambiase, haciéndose más fiel a su misión de promover la búsqueda del conocimiento y la verdad; el desarrollo integral y el crecimiento; la capacidad de responder a las necesidades de un país joven, con voluntad de integrar visiones y formas de participación, pensando al servicio de la sociedad, más que al de la tradicional formación profesionalizante que había caracterizado a la educación superior en Chile. 

Tenían motivos para esperar que sus anhelos y expectativas se cumplieran, dados los cambios que estaban ocurriendo en el mundo. Ya desde algunos años antes, tanto los estudiantes a través de la FEUC como las mismas autoridades superiores de la UC, comenzando por el rector Silva Santiago, tenían conciencia de la necesidad de reformas, de revisión de prioridades, de programar el crecimiento de la universidad. Se aplica aquí la sentencia que Alexis de Tocqueville escribió: “El orden social destruido por una revolución es casi siempre mejor que el que lo precedía inmediatamente, y la experiencia muestra que el momento más peligroso para un mal gobierno es, por lo general, cuando se propone realizar una reforma”. 

En efecto, la disposición al cambio y la necesidad de transformar la universidad en un espacio de investigación y de crecimiento intelectual; la demanda por una nueva forma de docencia que se adecuara a los desafíos de esa época y del país; la voluntad de terminar con malas prácticas -ligadas sobre todo a manifestaciones de desigualdad- estaban presentes antes de 1967 y existen documentos y proyectos que lo testimonian con claridad. 

Salir del aislamiento académico

Estallaron entonces varios conflictos relacionados con las maneras de interpretar la forma y el grado de la reforma en la vida de la Universidad Católica. Las propuestas de cambios, impulsados desde la dirección superior, eran insuficientes para un sector importante de los estudiantes que dirigían la FEUC. También para un grupo de profesores comprometidos con el cambio de la sociedad, vinculados al momento del catolicismo renovado con el espíritu del Vaticano II, Buga y de la encíclica Populorum Progressio. 

Ellos deseaban una participación más directa de todos los componentes de la comunidad en la toma de decisiones y la conducción de la misma; y un compromiso más claro y decidido de la UC con los grandes desafíos del país. Sostenían la necesidad de modernizar la actividad académica promoviendo la investigación y el fortalecimiento de las carreras de investigadores y profesores.

Después de superada la primera fase de la crisis –la de la ocupación de la Casa Central- y, una vez renunciado el rector Silva Santiago por sentirse desautorizado con la nominación como prorrector del arquitecto Fernando Castillo, se puso en marcha un amplio programa de cambios. El proceso se abrió con la elección del rector a través de un procedimiento nuevo, que contemplaba la participación de todos los integrantes de la comunidad a través de la figura del claustro universitario. 

El nuevo órgano de representación de esta comunidad inauguraba una época de un nuevo régimen de participación y daba espacio a grandes debates y ambiciosos procesos de transformación. El objetivo era salir del aislamiento académico y escolástico, para poner a la Universidad Católica muy clara y explícitamente al servicio del país y sus necesidades y urgentes. 

Desde la elección de Fernando Castillo como rector, en noviembre de 1967, se iniciaron una serie de iniciativas que cambiaron la estructura de la universidad, la reorientaron y enriquecieron su misión. Además, se desarrollaron acciones que buscaban eliminar el aislacionismo académico, proponiendo en cambio numerosas instancias de diálogo con la sociedad y estimulando la comunicación de la UC con la vida del país. 

En este sentido, resultó significativa la creación de la Vicerrectoría de Comunicaciones, que se encargó de la misión de vincular dinámicamente el conjunto de la sociedad chilena, con los desafíos del trabajo de investigación y docencia tradicionales de la vida universitaria. 

La nueva vicerrectoría cumplió una intensa tarea en los primeros años de trasformación de la universidad. Esta buscaba proyectar hacia afuera del aula sus descubrimientos y trabajos, mostrando un interés vivo y atento para escuchar a una sociedad demandante de cambios y urgida por conquistar una vida mejor. El cine, la música, la artesanía, la plástica y las artes escénicas, las publicaciones y las comunicaciones, en especial Canal 13 (que vivió en aquellos años su momento de mayor cercanía con la UC), permitieron concretar el sueño de servir mejor a la Iglesia y al país, sin renunciar a la propia misión. En este sentido, hay una línea de continuidad de los desafíos y tareas que la UC de hoy se propone, con esta institución en revolución creativa de los años sesenta y setenta. 

A pesar las dificultades generadas en este ámbito, debido a la intervención de las universidades por parte de la dictadura, el legado de la Vicerrectoría de Comunicaciones y muchas de sus iniciativas se pudieron mantener y han vuelto a cobrar fuerza en los últimos años.  

Leer el artículo completo en Revista Universitaria 146: "Te daremos una nueva universidad".



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